Objetos Perdidos

He pasado la mayor parte de mi vida haciendo cosas rutinarias. Creo que la felicidad nunca me ha tocado plenamente, aunque tampoco me considero un ser desgraciado. Claudia me hubiera definido simplemente como un hombre monótono. De todos los recuerdos que albergo en mi memoria, sólo un cierto número de ellos me proporcionan cierto regocijo. Con el tiempo, he llegado a pensar que incluso esos recuerdos son algo ilusorio, una mera invención, acaso un sueño.
Uno de esos recuerdos que recientemente me ha salpicado la memoria es una frase cuyo autor he tratado de identificar en vano. La frase decía algo así como que era un error renunciar a la felicidad. Ya no sé si alguien me la dijo, si la soñé o si la leí en un libro, ni a quién pertenece. Sólo puedo estar seguro de quién no la pudo haber dicho nunca. Mi padre, por ejemplo, nunca hubiera pronunciado semejante sentencia. Ella, por supuesto, tampoco.

Mi padre pertenecía a esa clase de hombres que se jactan de haberse hecho a sí mismos. Él ayudó con sus propias manos a edificar el hotel que regentó durante años y que, tras su muerte, yo heredé. Dado que mi madre murió al año siguiente de mi nacimiento, toda mi educación dependió exclusivamente de él. Desde que tuve uso de razón, mi padre me inculcó el valor del patrimonio y del trabajo. Con tan sólo ocho años, comencé a ayudarle en el hotel; a los doce, mi padre consideró que la escuela era una institución ociosa y que no me enseñaba nada útil, así que no tuve que volver nunca más. Tanto en el trabajo como en cualquier otra tarea, él solía recriminarme por mi torpeza y, para mortificarme, se dirigía a mí con apelativos siempre despectivos. De sus labios nunca oí una frase de aliento, o de agradecimiento. Cualquier cosa que yo hiciera, siempre estaba mal para él. Lo recuerdo frotándose los ojos por debajo de las gafas y murmurar con clara decepción que yo nunca llegaría a nada, que era un completo inútil, un vago, que no me esforzaba y que, si lo hacía, nada me salía a derechas.
Me consolaba un poco saber que trataba al resto de sus empleados con el mismo desdén que a mí. No obstante, yo me sentía, si cabe, más humillado, pues yo era su único hijo, y no podía evitar sentirme culpable por sus reproches. En cierta ocasión, para resarcirme de aquellas críticas, se me ocurrió sugerirle que, pese a mi ineptitud, yo también podía aportar ideas nuevas, innovadoras, con respecto a la gestión del hotel. Así que le pedí a mi padre que me dejara organizar un departamento que estuviera bajo mi entera responsabilidad. Recuerdo su mirada escéptica, de claro desprecio. Ni siquiera se dignó a contestarme. Lo cierto es que yo no tenía ninguna idea, o acaso, las pocas que se me ocurrían, no pasaban de ser meros despropósitos. Por ejemplo, pienso en aquella vez, muchos años atrás, cuando le propuse a mi padre que podíamos instalar pequeños montacargas, uno en cada habitación, con los que podríamos suplir el servicio de habitaciones, ahorrándonos un alto coste en personal. Traté de convencerlo de la utilidad de mi proyecto, de la imagen de modernidad que eso daría a nuestro hotel, con un servicio único en el mundo, cómodo y eficaz. Como respuesta, mi padre me propinó una bofetada y me replicó, indignado, que trabajara más duro en vez de pensar en insensateces. Hoy creo que si mi padre no me pegó más fuerte fue porque entonces yo sólo tenía trece años.
Sin embargo, yo no dejaba de pensar. Mi trabajo me permitía ese esparcimiento. Podía estar arreglando las habitaciones, o subiendo el equipaje de los clientes, o preparando los desayunos, o realizando cualquier otra tarea, mientras mi cabeza ideaba proyectos de toda clase. Por las noches, mientras todos descansaban, me sentaba a la mesa de mi dormitorio, iluminada por la única luz de un flexo, y allí emborronaba montones de papeles con anotaciones, gráficos, proyectos y esquemas. Cuando los terminaba, los guardaba organizados por temáticas en una carpeta clasificadora, y al cabo de diez o doce días volvía a sacarlos y, si me seguían complaciendo, los conservaba. En raras ocasiones destruía mis bosquejos y, cuando lo hacía, no tardaba en arrepentirme. Hubo ocasiones en que rescaté de la papelera los documentos hechos pedazos y volvía a recomponerlos con trozos de celo.
Durante el día, me asignaban todo tipo de tareas en el hotel. Me ocupaba de la recepción, o de la cocina, o del servicio de habitaciones, o de subir los equipajes, incluso de llamar a la policía cuando había algún alborotador. Respecto a esto último, mi padre siempre fue muy estricto: no consentía que ningún inquilino perturbara la paz de su hotel y pusiera su buena reputación en entredicho. Si por algún contratiempo tenía que enfrentarse con los clientes y estos se negaban a atender a razones, no se andaba con chiquitas y llamaba a la policía. Fueron pocos los casos en que tuvimos que llegar a ese extremo. Por regla general solían tratarse de clientes que se emborrachaban, o que sostenían terribles discusiones con mujeres, que luego resultaban ser casi siempre prostitutas, o eso al menos era lo que mi padre concluía. Él siempre decía que nunca debía permitir que su hotel se convirtiera en una casa de citas, ni en un refugio de maleantes. No había nada más bochornoso para él que recibir la queja de algún inquilino por el alboroto que provenía de una habitación contigua. En una de aquellas ocasiones, me pidió que lo acompañara. Al parecer quería instruirme sobre los recursos y las maneras de actuar en semejantes ocasiones, así que se puso a disertar empleando palabras que yo apenas escuchaba, pues mi imaginación andaba más ocupada en concebir los detalles morbosos de la situación, y mi cerebro parecía tamizar pequeños retales de información que salían de la boca de mi padre: seriedad, energía, clientela, tacto, diplomacia. Todas aquellas palabras me llegaban como deshilvanadas, sin sentido ni conexión alguna. Llegamos a la puerta de la habitación y a su alrededor se había congregado un corro de clientes, algunos en pijama, con caras que iban desde una inocente resignación o un disimulado fastidio hasta un claro enojo. Mi padre los apartó con un ademán autoritario que me impresionó. Llamó a la puerta con golpes secos y tras intentar en vano disuadir al inquilino para que abriese, decidió hacer uso de la llave maestra. Enseguida, todos los que estábamos allí reunidos asomamos la nariz, y como yo iba al lado de mi padre, pude ver la escena. Ni siquiera mi padre pudo contener su asombro y, tal vez dándose cuenta que aquello era excesivo para mi edad, me ordenó que bajara inmediatamente a llamar a la policía. Sin embargo, tardé un tiempo en reaccionar. Mis ojos permanecían clavados en aquel cuadro y pronto me di cuenta de que mi padre miraba igualmente absorto, con un gesto que yo no le conocía, un gesto inconcreto como de rubor y desconcierto, o tal vez de perplejidad y hasta de miedo. Miedo. Esa era una palabra que mi padre nunca pronunció. Tal vez porque verdaderamente nunca lo había tenido, o tal vez porque deseaba transmitirme la idea de que nunca había que asustarse por nada. Pero aquella vez era diferente. No, aquello no era simple asombro. Sus pupilas estaban dilatadas, y cuando le pregunté si se encontraba bien, me miró sofocado y me gritó que por qué seguía todavía allí, y que corriera a llamar a la policía, tal y como me había ordenado.
Aquella noche mi padre no durmió, y yo no me acosté hasta bien entrada la noche. Había un incesante trasiego de policías, y también aparecieron los primeros periodistas para husmear un poco, aunque sin demasiado éxito. Mi padre se pasó todo el tiempo lamentándose por la desgracia, quejándose por el desastre que aquel golpe supondría para el negocio, y aseguraba que tras aquello tendría que cerrar, que sería el fin del hotel. Por fortuna, sus presagios eran infundados, y el negocio prosiguió sin novedad. No sucedió lo mismo con su salud.
Algún tiempo después, recién cumplida mi mayoría de edad, mi padre enfermó del corazón, y pese a que los médicos le prescribieron descanso, siguió trabajando con el mismo ahínco. Era espeluznante ver su cuerpo arrastrándose por el hotel sin apenas fuerzas, con el rostro demacrado y sin color, como el de un moribundo. Él era el único que parecía no darse cuenta de que aquel esfuerzo estaba propiciando su consunción. Pero su mente parecía más fuerte que su maltrecho cuerpo, y él seguía recorriendo el hotel, dando órdenes y asignando tareas con una fuerza de ánimo que únicamente provenía de su voluntad. Hasta que un día sucedió lo inevitable. Mi padre terminó por caer postrado en la cama y allí permaneció por espacio de una semana, todo lo que su corazón pudo resistir antes de pararse definitivamente.
Pese a lo que he dicho antes de mi padre, no quiero confundir a nadie y seré sincero: puede que lo admirara por su enorme empuje y por su increíble tenacidad, pero también le guardaba, si no odio, sí un cierto rencor. Tal vez sea más fácil explicar mis sentimientos si digo que su muerte no me afligió, ni tampoco me alegró. No se trataba tampoco de indiferencia. Lo que sentí fue más bien una especie de alivio, o mejor aún, una liberación, como si, de repente, fuese consciente de que había ganado una libertad que de algún modo me había sido arrebatada.

Al sepelio acudieron todos los empleados del hotel que, desde aquel mismo instante, pasaron a ser mis empleados. Con la ayuda de Enric, el que fuera hombre de confianza de mi padre, pronto adquirí la destreza necesaria para regentar el hotel sin ningún tipo de problemas. Para mis adentros me sonreía, satisfecho de mis progresos, y me repetía a mí mismo con jactancia que lo que mi padre pensó que nunca podría hacer solo lo estaba sacando adelante con eficiencia. He de decir que no me fue nada mal con el negocio familiar que, hasta hoy, continua funcionando como desde hace años. Aunque eso no es del todo exacto: ahora algunas cosas han cambiado. Lo explicaré.
A la muerte de mi padre, cuando todavía contaba con el asesoramiento de Enric, se me ocurrió la idea de implantar en el hotel algunos de mis viejos proyectos que aún seguía conservando en una carpeta. Una noche me preparé una copa de whisky, me senté en el sillón de mi despacho y me dispuse a ojear los papeles. Algunos estaban amarillentos o deteriorados. Sin ninguna prisa, comencé a revisarlos uno por uno, y reconozco que pasé un buen rato. Parte de esas ideas se me habían ocurrido siendo aún un muchacho, y ahora me hacían sonreír o incluso me producían rubor. Otras ya no tenían sentido, pues o bien los problemas que trataban de solucionar ya no existían o bien habían sido parcialmente solventados mediante otros mecanismos. Sin embargo, al llegar a uno de esos proyectos, me detuve. Se trataba de mejorar la sección de objetos perdidos del hotel. No era nada espectacular, lo reconozco, ni siquiera se podía considerar imprescindible. Sin embargo, aquella idea era fácil de implantar, no se arriesgaba nada con ella, ni suponía ninguna inversión imposible de hacer.
Miré la fecha de la anotación y recordé cómo había surgido la idea de aquel proyecto. Fue en una ocasión en que me encontraba arreglando una habitación que acababa de dejar un cliente. Tras preparar las camas y colocar las toallas, me dispuse a hacer la limpieza. Mi padre me recriminaba por mi lentitud en este tipo de tareas, pero jamás pudo reprocharme hacerlas mal. Trabajaba a conciencia y lo hacía a gusto. Cuando una habitación quedaba vacía, me gustaba revisar los cajones y los armarios. Confieso que hallaba un placer morboso buscando el rastro de nuestros clientes, hallando pequeños indicios de su paso por las habitaciones. Naturalmente, era raro encontrar algo y, si lo hacía, solía ser de escaso valor: un bolígrafo barato, un paquete de cigarrillos, un mechero, o un par de calcetines. Cuando le enseñé mi primer hallazgo a mi padre, éste examinó brevemente el objeto encontrado y lo tiró sin miramientos al cesto de la basura. Nadie se iba a molestar en venir para reclamar eso, me dijo despectivo.
Como siempre, sus opiniones no admitían réplica alguna. Yo seguí, sin embargo, almacenando aquellas pequeñas reliquias en mi habitación. Me causaba un extraño placer fumarme los cigarrillos que quizá habían pertenecido a un ejecutivo, escribir con el mismo lápiz que antes podía haber usado una mujer que yo imaginaba con mi deseo, o guardar para una mejor ocasión los preservativos que habían sido olvidados por los clientes.
Aparte de estas minucias que me producían pequeños instantes de felicidad, yo siempre albergaba la esperanza de encontrar algo que se saliese de lo normal. No es que viviera con esa ilusión constante, pero de algún modo, mantener aquel deseo despierto me hacía sentir más vivo. Hasta que un buen día, sucedió. Lo encontré sobre una mesita de noche, entre el teléfono y la lamparilla, y se trataba nada menos que de un magnífico reloj de oro. Cuando lo vi, sentí mi corazón palpitar con fuerza. Lo cogí y me quedé mirándolo, embelesado, no sé cuántos minutos, y así estuve hasta que me sobresaltó el sonido de unos pasos de alguien que se acercaba por el pasillo, e instintivamente me escondí el reloj en el bolsillo. Más tarde, me arrepentí de mi acción. Comenzaron a asaltarme inciertos temores, pues no me cabía duda alguna de que el dueño vendría a reclamarlo. Para acallar mi conciencia traté de convencerme de que, en tal caso, le haría creer que lo habíamos guardado en nuestra sección de objetos perdidos, y se lo devolvería. Sin embargo, no ocurrió nada de eso o, al menos, yo nunca me enteré de que nadie viniese a reclamarlo. Seguí conservando aquel reloj como un tesoro que, de vez en cuando, sacaba de su escondite. Lo miraba una y otra vez y me lo probaba en una y otra muñeca, pero me cuidé de llevarlo puesto en presencia de mi padre, por temor a que me preguntase de dónde lo había sacado. Entretanto, solía imaginarme en el mostrador de recepción, recibiendo a los clientes y exhibiendo el reloj. Era un sueño que no me atreví a realizar hasta que mi padre murió. Llegado ese día me pareció que el reloj brillaba más que nunca.
Fue uno de los días más felices de mi vida.

No sé cómo empezar a hablar de Claudia. Pienso que cualquier comienzo daría una imagen equivocada de ella. Una vez hojeé uno de los pocos libros que guardaba en su cuarto. No recuerdo cómo se llamaba. Ya en una de las primeras páginas descubrí una frase subrayada. Decía algo así: “Existió una persona que podría entenderme. Pero fue, precisamente, la persona que maté”. Sentí un escalofrío. A continuación descubrí que el libro tenía casi todas sus páginas subrayadas. Eso podría dar una idea aproximada de cómo era ella, pero también podría inducir a la confusión. No creo que existiera ninguna persona que pudiera entender a Claudia, ni siquiera ella misma.

Ahora voy a hablar de cómo la conocí. Algunas noches, cuando padecía de insomnio o de tedio, solía ir a uno de esos clubes nocturnos para hombres que sirven copas y que tienen actuaciones. Claudia trabajaba allí de bailarina y contorsionista, aunque entonces yo ni siquiera conocía su nombre. Me llamaba la atención su número de contorsionismo, en el que se tumbaba boca abajo y fumaba con los pies. Era guapa, bueno, o eso creo, y la gente siempre aplaudía su función. Lo de bailar no se le daba tan bien, o por lo menos al público no le gustaba tanto, aunque, de cualquier forma, a todos los tipos de allí nos gustaba mirarla.
Una noche, al salir del club, me crucé con ella providencialmente en el otro extremo de la calle. Por alguna razón, probablemente relacionada con el aburrimiento, comencé a seguirla a cierta distancia. Ella no se percató de mi presencia en ningún momento. Siguió caminando hasta que llegó a uno de los puentes que cruza la autopista. Allí se detuvo y la vi asomarse hacia abajo. Me oculté tras un árbol y encendí un cigarrillo, esperando a que prosiguiera su marcha. Comencé a preguntarme por qué continuaba con aquel estúpido juego de espías, pero supongo que no tenía nada mejor que hacer. Yo seguía allí apoyado contra el árbol cuando observé cómo la chica levantó una pierna y la pasó por encima de la balaustrada del puente, y sentí que se me helaba la sangre. Recuerdo que no me moví ni un centímetro. Estaba paralizado, con los ojos clavados en ella, aunque no estoy demasiado seguro de si era debido tanto a lo terrible de la escena como a la curiosidad por asistir a su desenlace. Todo sucedió en muy pocos segundos, al cabo de los cuales ella volvió a poner los dos pies en el suelo. Un minuto después se alejó del puente, y yo la perdí de vista. Me quedé unos minutos más allí, como entumecido, hasta que el cigarrillo me quemó los dedos.

A partir de aquel día mis visitas al club nocturno se hicieron menos frecuentes, pero siempre que volvía, ella continuaba allí, ejecutando los mismos números. Parecerá estúpido, pero el simple hecho de volver a verla me producía una extraña felicidad. Puede que, a estas alturas, algunos se estén preguntando las circunstancias que me llevaron a encontrarme con ella. Eso es lo que referiré a continuación.
Sucedió algún tiempo después. Fue un día de invierno. Estábamos en plena temporada de Navidad. El hotel, como suele ocurrir en esas fechas, se encontraba casi al completo, y yo mismo salía para ayudar en las tareas de recepción. Aquella tarde ella vino a registrarse. La reconocí en seguida. Fue al pedirle su documentación cuando conocí su nombre completo. La miré, afectando desinterés. Por todo equipaje llevaba una maleta pequeña. Le pregunté cuántas noches pensaba quedarse y ella me respondió que solamente una. Pensé que eso debía de significar que ella iba a marcharse, y me invadió una súbita tristeza. Mientras rellenaba su ficha sentí deseos de hablarle, explicarle que yo la conocía, que la había visto actuar en el club, pero me dio vergüenza hacerlo. Cuando por fin estuve a punto de decirle algo, ella cogió la llave y se dirigió al ascensor. Lamenté mi indecisión y decidí no volver a pensar en ella.
Estoy seguro de que la hubiera olvidado fácilmente si a la mañana siguiente las cosas no se hubieran complicado de aquella forma. Una de nuestras asistentas acudió bastante alarmada a mi despacho, a la mañana siguiente. De una forma atropellada, me explicó que había ido a limpiar una habitación, y que la inquilina parecía yacer muerta, sobre la cama.
Más que estremecimiento, sentí estupor. Sin hacer ningún comentario, me dirigí con ella hasta la habitación. La asistenta no paraba de hablar, bastante agitada, pero yo ni siquiera la escuchaba, aunque tenía la sensación de que me repetía la misma cantinela una y otra vez. Antes de llegar, yo tenía la certeza de que era su rostro el que encontraría en ese cuarto. No me equivoqué. Estaba tumbada sobre la cama, tal y como había descrito la asistenta, con la ropa puesta. Le tomé el pulso y me pareció percibir una señal débil. Corrí a telefonear al servicio de urgencias, deseando que no hubiera llegado demasiado tarde.
Milagrosamente, Claudia sobrevivió a aquel intento de suicidio. Según pude saber posteriormente, había ingerido una gran cantidad de pastillas, pero no había llegado a tomar la dosis necesaria. Se la llevaron en ambulancia al hospital y allí le practicaron un lavado de estómago. Le pedí a los doctores que me avisaran tan pronto estuviera en condiciones de recibir visitas. Ahora me pregunto por qué quise hacerlo, por qué fui a verla, pero eso ya no importa.
Me presenté en el hospital con un ramo de flores. Allí me contaron que, aunque Claudia estaba bien físicamente, se hallaba profundamente deprimida. Lo primero que había hecho al abrir los ojos fue maldecir e insultar a los médicos. Aquello me retrajo de mis intenciones de visitarla, pero dos de las enfermeras me empujaron a que lo hiciera. Así pues, entré en su habitación exhibiendo el ramo de flores. La enfermera que me acompañó a la habitación le dijo a Claudia quién era yo. Entonces ella me examinó de arriba abajo sin hacer ni un solo comentario. Como no se me ocurría cómo iniciar una conversación, dije que le había traído flores. Ella me miró con irritación, y luego volvió la vista hacia otra parte, sin decir una palabra. Yo me quedé plantado, sin saber qué debía hacer a continuación. Entonces ella se volvió y mirándome directamente a los ojos me dijo:
-¿Piensa quedarse ahí toda la mañana?
Algo aturdido, me excusé y dejé las flores a los pies de la cama, ya que no había ningún jarrón, y tampoco cabían en la mesita.
-Por favor, quite eso de ahí. Detesto las flores.
Volví a excusarme, y le dije que me las llevaría si no le gustaban.
-Así que usted es quien me salvó la vida -me dijo-. Eso le convierte en algo así como mi ángel de la guarda, ¿no le parece?
Yo murmuré algo, no recuerdo qué, pero ella no me prestó la mínima atención. Como si se estuviera dirigiendo a otra persona, dijo:
-No entiendo ese empeño por salvarme la vida. No vale la pena que la gente se tome esas molestias por mí.
-No diga usted eso -respondí, cada vez más confuso-. A fin de cuentas, estaba usted en mi hotel.
Tras decir eso me sentí realmente estúpido. Ella me miraba con sus ojos huecos, inexpresivos, que parecían radiografiarme. Empecé a pensar que había sido una mala idea ir a verla, pero no podía evitar permanecer allí, clavado, como si su sola presencia me retuviera.
-Si quiere -me atreví a decir- puedo pasarme a recogerla… Quiero decir, cuando salga de aquí.
-¿Y adónde me piensa llevar? -preguntó ella soltando una especie de risa-. ¿Tal vez a su hotel? No tengo dinero para pagarlo, gracias.
-Yo no tendría inconveniente… Es decir, si usted quiere yo puedo… A fin de cuentas tenemos varias habitaciones disponibles. Y en cuanto al dinero, no se preocupe… Además, podría ofrecerle algún trabajo.
Era como si otra persona estuviese hablando por mi boca. No comprendía qué era lo que me sucedía. Debía de estar loco para ofrecerle mi hotel a una chica que ya había intentado suicidarse al menos dos veces y que, no me cabía duda, volvería a intentarlo. Quizá ella llevara razón cuando me había tildado un momento antes de ángel guardián, y puede que yo mismo me sintiera cómodo en ese papel. De un modo u otro, ni siquiera hoy acierto a comprender qué la llevó a aceptar, qué motivos la indujeron para venirse conmigo a mi hotel, a ocupar una de las habitaciones.
Recuerdo el gesto perplejo de mis empleados cuando me vieron entrar con ella. Momentáneamente me recordó a las caras que ponen los niños cuando les cuentan un cuento y aparece un personaje que les causa especial sorpresa o temor, como un ogro, o una bruja, o el lobo feroz. Por los rostros de mis empleados era como si el lobo feroz se hubiera venido a vivir con nosotros.
Y así fue como Claudia entró en mi vida.

Habíamos pactado que ella pasaría un par de días en el hotel, y que en ese tiempo ella decidiría si quería quedarse a trabajar conmigo o marcharse. Los dos días pasaron sin que ella me dijese nada. Decidí que no debía presionarla y esperé. Una semana más tarde, aún seguía sin noticias suyas. Los empleados del hotel murmuraban a mis espaldas, pero no me importaba en absoluto, al contrario, incluso aquello me divertía. Sin embargo, era consciente de que no podía mantener aquella situación eternamente. Me concedí un nuevo plazo de otra semana, y transcurrió casi un mes antes de que ella misma viniera a pedirme trabajo, lo cual me alegró. Al principio comencé asignándole las tareas más corrientes del hotel, pero, para ser franco, diré que no era demasiado eficiente: dejaba las habitaciones a medio hacer, y discutía con los demás empleados.
Para empeorarlo, comencé a escuchar rumores que circulaban sobre ella. Oí que se acostaba con algunos camareros que iban a verla a su habitación durante las horas de trabajo, y que también lo hacía con algunos inquilinos. Pese a toda la indignación que sentía, nunca me decidí a despedirla. Supongo que esperaba que antes o después ella viniese también a mí, a su ángel guardián, aunque sólo fuese por mero agradecimiento. Sin embargo, eso nunca ocurrió.
Un día la llamé a mi despacho. Le expliqué que había recibido algunas quejas por su forma de trabajar, y que más que ayudar, entorpecía las tareas del hotel. Ella me replicó sin inmutarse que era consciente de que no le caía bien al resto de la plantilla y que, además, no le gustaba su trabajo. La miré un buen rato sin hacer más comentarios. Era evidente que la censura no le había afectado en absoluto. Puede que resulte extravagante decirlo, pero me gustaba su forma apática de decir las cosas, su actitud de indolencia mientras permanecía de pie, la indiferencia con que parecía actuar ante todo.
-Acompáñeme – le dije entonces -. Quiero enseñarle algo.
Bajamos al sótano del hotel y la guié por los pasillos decorados con viejas fotos de lugares recónditos, hasta que llegamos a una puerta cerrada con llave. La abrí, encendí las luces y la invité a pasar. Ella miró con un gesto de desgana a su alrededor y luego se volvió hacia mí sin comprender.
-¿Qué es esto? – me interrogó – ¿Un almacén?
-No – respondí -. Es la oficina de objetos perdidos.
-¿Y qué quiere que haga yo aquí? Esto parece un cementerio de cosas usadas.
-Esta sala necesita algo de organización -le respondí-. Yo aún no he tenido tiempo de clasificar los objetos, y me alegraría que usted quisiera echarme una mano.
Abrí un fichero arrumbado en una esquina y le mostré algunas fichas. El fichero estaba organizado de forma que se podían buscar objetos por la fecha en que se perdieron, o por el número de habitación en que se localizaron, o por el tipo de objeto buscado. Le expliqué cómo las había ido realizando y añadí que aún quedaban aún muchas por hacer. Ella detuvo su vista en una estantería que estaba etiquetada con el texto “Sin retorno”. Se volvió hacia mí con un gesto de extrañeza, y me sonreí.
-Esos artículos -le expliqué-, pertenecieron a gente que se alojó en este hotel, pero que ya nunca vendrán a reclamar los objetos, por la sencilla razón de que todos ellos han muerto. No son demasiados, como puede usted comprobar, pero pensé que, ya que habían muerto en este hotel y dado que ningún familiar o allegado vino a reclamar sus pertenencias, lo adecuado era ponerlas en esta sección.
Claudia me miró primero con incredulidad. Pero luego creí advertir que en su gesto había algo de repugnancia.
-¿Por qué hace usted esto? -preguntó con voz apagada, casi con tristeza-. Quiero decir, ¿para qué se molesta en ordenar toda esta basura y no la tira sin más? ¿Qué sentido tiene ser tan escrupuloso con todas esas fichas si lo más probable es nadie venga a reclamar?
No le respondí. Sus observaciones me habían parecido impertinentes y hasta ofensivas. Asumiendo que hubiera cierta lógica en lo que ella decía, haberle dado la razón hubiera significado asumir la inutilidad de la oficina de objetos perdidos. Y admitir eso hubiera sido como certificar mi propia derrota y, por consiguiente, darle la razón a mi padre, quien pensaba que una cosa así no merecía más trabajo del estrictamente necesario.
-Bueno, necesito una respuesta ¿Le interesa o no? -le pregunté con impaciencia.
Ella me miró perpleja, y se limitó a encogerse de hombros, con total indiferencia.
-Está bien. Puede empezar cuando quiera -le dije entonces, y me fui.

Para mi sorpresa, Claudia se tomó muy en serio su nuevo trabajo. Revisaba escrupulosamente las habitaciones que acababan de dejar los clientes y, creo que, con el tiempo, comenzó a sentirse satisfecha cada vez que hacía algún hallazgo. Si le preguntaba por el trabajo, me aseguraba que había puesto los ficheros casi al día, pero que aún le quedaba mucho por hacer. Me complacía oírla hablar así.
Se esforzó tanto, que decidí hacerle un regalo. No era habitual que yo obsequiase a mis empleados, pero en aquella ocasión, dadas las circunstancias, quise hacer una excepción. Una noche, después de la cena, llamé a la puerta de su habitación. Ella me abrió y, al verme, hizo un gesto de sorpresa. Me invitó a pasar y le alargué el paquete envuelto en papel de regalo.
-Es un obsequio para usted… Por los servicios prestados -añadí.
Ella miró el paquete como si examinara a un animal raro.
-Es la segunda vez que viene para regalarme algo.
Debió de advertir en mí una expresión de asombro, porque se apresuró a añadir:
-La primera vez fueron las flores, en el hospital.
-Oh, eso. Ya lo había olvidado. En cualquier caso, a usted no le gustaban las flores.
Claudia rompió el papel y extrajo el contenido.
-Es un libro -dijo sin ninguna emoción.
-Es un diario -corregí yo-. He venido observando que le gusta leer, pues trae continuamente libros de la biblioteca, así que he pensado que quizá le agrade también escribir.
-¿Escribir un diario? -dijo ella con ironía-. ¿Bromea?
-Puede usarlo para escribir lo que desee. Por favor, no me lo rechace.
-Está bien -dijo-, si eso le hace feliz.
No pude resistirlo más. La estreché en mis brazos y comencé a besarle la boca, el cuello. Ella me rechazó casi de inmediato.
-No vuelva a hacer eso nunca más -dijo enfurecida.
-Pero Claudia, yo…
-Salga de aquí.
-Yo sólo pretendía… A fin de cuentas usted…
-Fuera.
Salí de la habitación, humillado. Aquella noche fui a un burdel e imaginé que el cuerpo que estaba tomando era el de Claudia. Era de lo más sencillo: bastaba con cerrar los ojos e imaginar su rostro.

No sé si su inesperada marcha tuvo algo que ver con mi visita a su habitación, aquella noche. Lo cierto es que ella se fue sin dejar rastro, ni una simple nota, nada. Tardé unos días en decidirme a entrar en su habitación.
No había demasiados objetos personales en la habitación de Claudia. Unos pocos libros en la estantería (no pasaban de una docena), un par de fotos antiguas que supuse serían de sus padres, algunas horquillas y cintas para el pelo desparramadas sobre la mesa, junto a un cepillo, y un pequeño espejo circular con una base. Hojeé los libros con poco interés. Algunos tenían frases subrayadas y anotaciones al margen, sin demasiado sentido para mí. También descubrí el diario que le había regalado. De inmediato me invadió una tremenda curiosidad por leer su contenido, y lo abrí por las primeras páginas, en busca de cualquier frase. Pero no hallé nada, estaba completamente en blanco. Desilusionado por el hallazgo, seguí mirando en los armarios y en los cajones, buscando alguna pista, algún indicio que me descubriera, ¿qué? Ni yo mismo lo sabía. Consulté el reloj y dejé las cosas más o menos en el mismo orden. Aún aguardé un mes antes de dejar libre su habitación. Sé que es estúpido, pero todo ese tiempo esperaba que volviera.
Yo mismo me encargué de recoger todos sus objetos personales de la habitación, y los llevé a la oficina de objetos perdidos. Cogí algunos de sus trapos aspiré su olor. Aún olía a ella. Pensé que aquel olor se perdería inevitablemente, antes o después. A fin de cuentas, pensé, nuestra vida está hecha de eso: sensaciones, recuerdos, objetos sin más valor que el que nosotros mismos les damos, y que más tarde o más temprano, perdemos para siempre. Sabía que había perdido a Claudia para siempre. Me dije para consolarme que era lo mejor que podría haber ocurrido.
Sin más demora comencé a sacar de la caja los objetos que ella había dejado. Les eché un vistazo y estimé el tiempo que me llevaría clasificarlos y preparar las fichas. Me puse a ello. Aún quedaba mucho trabajo por hacer.

 

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