Los Colonos

Gabriel y Ana.

La primera noticia que tuvimos de ellos nos llegó a través del relato del estanquero. Fue él quien nos refirió cómo los vio llegar en una caravana. Más de uno en el pueblo se preguntó entonces, medio en broma, para qué podía servir un vehículo tan aparatoso y cómo habían podido conducir con él a través de la deteriorada carretera, estrecha y sinuosa, que conducía a Galena. Pero a nosotros más que la dificultad de guiar aquel vehículo hasta un pueblo aislado como el nuestro, nos intrigaba el motivo de su llegada. No era la nuestra una localidad que soliera recibir visitas, ni siquiera de otros pueblos vecinos, por lo que la presencia de aquel coche (que además llevaba una matrícula extranjera) representaba un acontecimiento de lo más inusual.
La llegada coincidió con la salida de los niños del colegio, situado a la entrada del pueblo, por lo que no tardó en formarse una algarabía de escolares en torno al vehículo. Algunos niños incluso salieron corriendo tras él, ávidos de curiosear su interior. El coche se detuvo al poco de llegar a la Plaza de la Iglesia, y los niños que habían perseguido a la caravana se quedaron a la expectativa. Al poco fueron descendiendo sus ocupantes, que parecían formar una familia completa: un hombre y una mujer que rondaban los cuarenta años, y dos niños de no más de diez años.
En la calle, sentados en los bancos o a las puertas de sus casas, los hombres y las mujeres del pueblo lanzaban miradas furtivas a los recién llegados. Los niños, desilusionados porque no alcanzaban a ver el interior de la caravana, se fueron dispersando hacia sus casas, extinguiéndose gradualmente el griterío con que habían acompañado su carrera hasta la plaza. Por su parte, los extranjeros comenzaron a recorrer las calles del pueblo. Había algo en su presencia que inducía a todo el mundo a callar a su paso. Nadie sabía explicar bien a qué se podía deber. Era evidente que su fisonomía despertaba curiosidad: eran más altos que nosotros, su piel era muy pálida, y su pelo tenía un color naranja pajizo. Pero lo más llamativo en ellos no era su físico. Había algo en su mirada, una especie de halo que acompañaba su presencia y que los envolvía y que ocasionaba un instintivo rechazo. Algunos opinaban que era como si estuvieran desprovistos de alegría. Otros creían ver en sus miradas vacías un fondo de tranquilidad perpetua, como quien está en paz permanente con su conciencia. Por último estábamos los que creíamos ver un punto de altivez en su forma de observar las cosas.
Los extranjeros anduvieron de un lado a otro deteniéndose de vez en cuando en alguna casa que les llamaba la atención. Un vecino que se hallaba presente pensó que tal vez estuvieran buscando alojamiento y, dado que en el pueblo no existían hostales ni nada parecido, se acercó tímidamente hasta ellos con intención de ayudarles y obtener un beneficio, ofreciéndoles albergue y comida en su propia casa por un precio muy razonable. Los forasteros se miraron unos a otros e hicieron ademán de no comprender una sola palabra, tras lo cual, comenzaron a hablar en un idioma incomprensible que su interlocutor escuchaba, obviamente sin comprender nada, asintiendo mecánicamente a todo, sin poder evitar ese gesto anodino de impremeditada cortesía. Tras un breve silencio, los extranjeros prosiguieron tranquilamente su camino. Apenas media hora después, volvieron a meterse en su caravana y tomaron el mismo camino que los había traído hasta Galena. Varios días después, todavía se podía escuchar algún comentario aislado sobre los forasteros, y nosotros lamentábamos no haberlos podido ver con nuestros propios ojos.

Elvira y Germán.

Nos gustaba nuestro pueblo porque, además de ser un lugar tranquilo, habíamos crecido en él como lo habían hecho nuestras familias. Galena guardaba, por tanto, todos nuestros recuerdos; nuestras vidas se encontraban allí donde habíamos crecido y jugado y trabajado. No era el nuestro un pueblo que destacase por su riqueza monumental ni histórica, pero era bello. Situado en un paraje a más de mil metros de altura, desde el barrio alto se divisaba hacia el noroeste la Sierra de Galena y desde allí hacia el sureste podía contemplarse el fértil valle que circundaba toda la comarca. Al sur se podían ver los montes cavernosos y el río que discurría a sus pies, y al oeste nacía una serranía poblada de pinos. A veces, en invierno, el pueblo quedaba incomunicado por la nieve, pero nosotros teníamos recursos suficientes para subsistir. No faltaba el agua, y la tierra era rica y generosa. Se decía que bastaba plantar cualquier cosa y dejarla crecer sin más y sentarse a esperar para recoger su fruto. Tampoco quiero decir con esto que viviéramos en una especie de paraíso. Galena era un lugar bello para vivir, pero no todos los que vivían allí hacían que fuera un paradigma de armonía y buena vecindad. Como en todas partes, existían rencillas, rivalidades, recelos entre familias y disputas entre vecinos; a veces estas disputas se debían a demarcaciones de lindes que no parecían claras; otras, por ejercer los derechos de riego; las más, por pura envidia. Había una hostilidad manifiesta hacia cualquier vecino que consiguiese hacer un trato ventajoso, enriquecerse mínimamente con una venta, o lograr una buena cosecha. Aunque nosotros nos habíamos acostumbrado a vivir en aquel ambiente, y procurábamos desentendernos de cualquier pleito que no nos afectara mínimamente, la llegada de los extranjeros cambió las cosas. De hecho, lo cambió todo y, al final, a pesar de que terminamos por irnos del lugar en donde se hallaban nuestras raíces, creo que, en nuestro yo más íntimo, nos alegramos de deshacernos de nuestra casa y nuestra heredad y mudarnos a otra localidad. Más tarde, oímos decir que había habido más gente como nosotros, que lo habían vendido todo a los ingleses. No vamos a entrar a juzgar esto. Sólo podemos hablar por nosotros mismos y lo único que podemos decir, como conclusión final, es que no guardamos ningún pesar. Eso es todo.

Gabriel, Ana, Miguel, Pablo y Luisa.

Estábamos en la Plaza del Ayuntamiento cuando alguien nos hizo un gesto de atención. Dirigimos la mirada hasta donde nos indicaron y enseguida comprendimos. Eran ellos. Su aspecto era tal y como nos lo habían descrito, y era verdad que había en ellos algo que producía cierta inquietud. Habían vuelto y esta vez venían acompañados de otra persona, que por la forma de vestir y de sonreír insistentemente, pensamos que debía de ser un político, o quizá un abogado, o ambas cosas a la vez. Pronto nos enteramos que no era ninguna de las dos cosas, sino que se trataba de un simple corredor. A diferencia de ellos, el corredor hablaba nuestro idioma, aunque se notaba por el acento que también era extranjero. Desde la plaza se dirigieron al barrio bajo, y nuevamente el grupo de forasteros se convirtió en el centro de atención y en la comidilla de todos. Algunos los fuimos siguiendo de lejos, curiosos por saber a dónde se dirigían. Entre nosotros hicimos apuestas sobre la razón que había traído a esos extranjeros a Galena. Una herencia, decían unos; un negocio, acaso alguna industria que se proponían abrir en Galena, decían otros. Pero todas nuestras especulaciones resultaron ser erróneas y ninguno de nosotros ganó la apuesta. En realidad era algo mucho más simple y, cuando comprendimos de qué se trataba, nos quedamos bastante sorprendidos: habían venido a comprar una casa. Eso era al menos lo que aquel corredor nos dio a entender cuando se detuvieron delante de un edificio ruinoso y nos llamó para preguntarnos si conocíamos al propietario de aquel inmueble. Nos miramos unos a otros con perplejidad. Llamar a aquella ruina inmueble era, como poco, hablar con generosidad. La casa en cuestión, o lo que quedaba de ella, estaba erigida en el barrio bajo, en la periferia del pueblo por su parte más meridional. Había sido un antiguo establo de mulos y asnos hasta que su dueño no pudo hacerse cargo de las bestias por más tiempo, y las vendió a un vecino. El establo amenazaba ruina y lo más probable era que ni siquiera los cimientos estuvieran en buen estado. Para vivir allí habría que demoler primero el edificio y volver a levantarlo desde abajo. Eso por no mencionar el problema del espacio, insuficiente para una familia de cuatro. Así se lo dimos a entender al corredor, pero éste no nos prestó atención. “Mi cliente quiere esta casa ―nos dijo con su imborrable sonrisa de anuncio―. Lo que tenga que hacer para vivir en ella sólo es de su incumbencia”. Ante esta respuesta, que nos dejó desconcertados, le dimos la dirección del propietario, que anotó cuidadosamente en una libreta, y uno de nosotros se ofreció para acompañarle. Aceptó, agradecido. Unos días más tarde supimos que la casa había sido vendida.

Alfonso y Luisa.

¿Los colonos? Sí, así fue como comenzaron a llamarles en el pueblo. Medio en broma, por supuesto. Recuerdo bien a los primeros que llegaron, los que compraron aquella casucha en ruinas. Fue el tema de conversación en el vecindario durante varios días. Después de aquellos, los demás fueron llegando poco a poco, como un goteo esporádico al principio, de forma algo más continuada después. Cuando aún había pocos, las gentes creían que todos eran familiares. Hasta que el pueblo se llenó de ellos, claro, y finalmente supimos que aquellas personas no sólo no tenían ningún parentesco unas con otras, sino que procedían de los puntos más diversos de Europa, sobre todo del norte. Lo curioso era que casi todos parecían buscar lo mismo. Se fijaban en cualquier casa abandonada, la compraban a bajo precio y luego la reformaban para habitarla. Algunos emprendían la obra con sus propios medios, haciendo el trabajo de albañilería. Otros contrataban a obreros en el pueblo para reconstruir las casas abandonadas. Yo mismo hice los proyectos de varias viviendas y dirigí bastantes obras. Recuerdo que los colonos eran muy exigentes en cuanto a la calidad de los materiales utilizados. No escatimaban dinero en ese sentido. Pero lo más curioso de todo era que, independientemente de donde vinieran los extranjeros, todos deseaban construir una casa que fuera semejante a otra que ya habían visto en Galena, lo que significaba que prácticamente querían una réplica. Era como si como si existiera entre ellos un pacto tácito o una norma no escrita que les obligaba a seguir un patrón establecido o guardar una uniformidad con lo que ya habían hecho los precedentes.
¿Cómo eran? Bueno, a eso quizá pueda responder mejor mi mujer, aunque yo siempre los encontré extraños. Para empezar, ninguno hablaba nuestro idioma y, por más tiempo que pasaba, ninguno llegaba a aprenderlo. Tan sólo el vocabulario necesario para saludar a un vecino, o alguna frase escueta para defenderse en la tienda de comestibles. Luego estaba esa costumbre suya, tan chocante: no querían que los niños fueran a la escuela del pueblo. Al parecer todos ellos llegaron a organizarse para ser los educadores de sus hijos siguiendo su propio programa y su propio ritmo de estudios. En cuanto a sus formas de ganarse la vida, resultaban de lo más variopintas. Hubo quien estableció sus negocios en la comarca: hoteles y casas rurales, agencias inmobiliarias y clínicas de todo tipo, principalmente, pero tampoco faltaban los que se dedicaban a los negocios de compraventa dentro y fuera del país, auténticos yuppies que iban a todas partes con un ordenador portátil, teléfono móvil e incluso una cámara digital con la que grababan todo lo que consideraban susceptible de adquisición o negociable. En cualquier caso, resultaba llamativo que, ni siquiera aquellos que iniciaban una empresa que requería un contacto directo con clientes nacionales, llegaron a aprender nuestro idioma. Siempre recurrían a terceras personas, bilingües, para que se encargaran de la gestión administrativa, aunque fuesen ellos quienes decidían las transacciones comerciales con implacable resolución, y en ningún momento daba la impresión de que el desconocimiento del idioma fuera un impedimento para la buena marcha de sus negocios. Eso también había que reconocerlo: eran emprendedores, venían con mucho dinero y, no sólo no sentían miedo por fracasar en sus inversiones, sino que solían acertar con casi cualquier empresa que ponían en marcha.

Francisca y Antonia.

Nosotras estábamos acostumbradas al trabajo. Además de ocuparnos de nuestras casas, siempre fue habitual que las mujeres de la comarca salieran al campo con los hombres o, al menos, que nos ganáramos un salario como dependientas, limpiadoras, cocineras, o lo que encartase. En fin, que hemos hecho de todo. Quizá por eso lo que más nos llamó la atención de los extranjeros fue que las mujeres casi nunca trabajaban. Se quedaban en sus casas, ociosas, y no parecían tener otra ocupación que no estuviera relacionada con su vivienda o con sus hijos (las casas las tenían hechas un primor, eso sí, y en cuanto a los niños se veían muy educados, tan formales y calladitos siempre). Había excepciones, claro. Pero no era frecuente encontrar una mujer que montara su propia empresa. Yo recuerdo a Louise, que abrió un negocio de comidas caseras y distribuía los pedidos a domicilio por toda la comarca. Los vecinos la apodaron mamá Louise, porque decían que se parecía a la mujer que anunciaba el queso con ese nombre, pero, pese a las bromas, terminó por abrir varios establecimientos en distintos pueblos de la comarca. Al principio contrató a lugareñas, pero tuvo una mala experiencia con dos de ellas, que una vez que hubieron aprendido a cocinar sus recetas, la dejaron tirada y se asociaron para abrir su propio restaurante. La pobre Louise se enfadó mucho, así que a partir de aquel día no volvió a contar con ninguna paisana. Decía que no se fiaba de ellas, y aunque a la gente no le pareció bien, empezó a emplear a otras extranjeras. Y no sabemos si aquellas nuevas empleadas eran mejores cocineras o más hacendosas, pero el caso es que su negocio se hizo cada vez más boyante.
Hace unos años supimos de ella. Nos comentaron que había cerrado por problemas de salud. Nos gustaba Louise, mi hermana y yo la recordamos siempre con cariño. La pobre murió el invierno pasado, y eso que todavía era joven. Pero así es la vida, a todos nos tiene que llegar nuestra hora.

Luis y Ángela.

El dinero llama al dinero. Eso es lo que se ha dicho siempre y no sin razón. Quienes vivimos lo sucedido en Galena aquellos años, podemos dar fe del dicho, pues un día tras otro fuimos testigos, no sin asombro, del impresionante auge de unos advenedizos que, de la noche a la mañana, según nos parecía, comenzaban a apropiarse de todo el pueblo. Habría que matizar, no obstante, esta última afirmación, pues, cuando comenzaron a llegar, en ningún momento sentimos que nuestro pueblo estuviera en peligro. De hecho, no recuerdo que existiera hostilidad alguna contra ellos. Antes a contrario, se les recibía bien, y lo que es más, se les respetaba, aunque tampoco se puede negar que tras ese respeto subyacía un fondo de envidia. Envidia por lo que nosotros nunca habíamos sido, ni éramos, ni llegaríamos a ser jamás.
Una forma de liquidar aquella envidia fue venderles nuestras tierras a precios que considerábamos prohibitivos, pero que ellos pagaban sin rechistar. Sin que fuéramos conscientes de ello, nuestro pueblo se fue convirtiendo en una almoneda. Una tras otra, nuestras propiedades fueron saliendo a la venta, tímidamente primero, y como un torrente después, cuando todos comenzamos a calcular de algún modo las fáciles ganancias que podíamos obtener vendiendo algún pedazo de tierra cuya utilidad, de repente, tras muchos años de labor, comenzábamos a cuestionarnos, o algún solar abandonado en el que nunca construiríamos nuestras casas o las de nuestros hijos, o edificios ruinosos que vendimos con la alegría de ver el dinero contante y sonante, convencidos de estar haciendo un excelente negocio, percibiendo a veces hasta diez veces el valor real que habíamos estimado.
Ahora no podemos comprender cómo no nos dimos cuenta entonces de lo que significaba toda aquella vorágine de compraventa. Para cuando quisimos ponerle freno, era ya demasiado tarde. A alguien se le ocurrió hacer una asociación para la defensa de nuestro municipio, y se organizaron algunas asambleas en el gimnasio municipal. Pero después de la primera reunión, en la que todos mostraron su indignación y se propusieron buenas ideas que nunca se llevaron a cabo, el asunto dio un giro inesperado, y de nuevo volvimos a caer en la ceguera, preferimos creer que no había nada malo en todo aquel asunto antes que atrevernos a afrontarlo.
Resultaba obvio que, después de aquel fracaso, nuestra suerte estaba decidida. Quizá éramos demasiado incultos, o demasiado ingenuos, o demasiado estúpidos ―tanto da el adjetivo que usemos ahora― para comprender que nuestro pueblo se había convertido en un mercado en el que todo estaba ya comprado de antemano.

Francisco y Magdalena.

Nosotros no nacimos aquí, pero fuimos a Galena destinados como maestros y llevábamos más de veinte años trabajando en la escuela cuando comenzó todo aquel asunto de los colonos. Por lo que contaba la gente, Galena llegó a ser un pueblo bastante próspero hacia el primer cuarto del siglo XX. Entonces llegó a registrar en su censo más de cinco mil habitantes, lo que la convirtió en la cabeza de la comarca. Y esto fue así, no sólo por su elevada población, sino por su riqueza. En aquellos tiempos, Galena no vivía sólo de la agricultura, sino que poseía importantes minas de plomo y plata que, según decían los entendidos, ya fueron explotadas por los árabes. Además de las minas, el pueblo tuvo un importante auge industrial, y llegaron a existir dos fábricas: una de tuberías y otra de ladrillos. En la barriada alta del pueblo, entonces conocida como la Loma, todavía quedan algunos restos de esas antiguas factorías. Fue una época de mucha riqueza, pero luego llegó la guerra y todos los hombres fueron llamados a filas, así que las minas cerraron y, tras ellas, como en una cadena, las dos fábricas. Al terminar la guerra las fábricas habían sido arrasadas y las minas habían sido hundidas para evitar que pudieran servir de refugio al bando contrario. A nadie se le ocurrió volver a levantarlas, entre otras cosas, porque los que quedaron en el pueblo eran demasiado pobres para gastar el poco dinero de que disponían en su reconstrucción. Los más afortunados, si poseían un pedazo de tierra, se dedicaron a labrarlo. Fue entonces cuando se produjo el mayor despoblamiento de Galena, que redujo su población a mil quinientos habitantes. Cuando, muchos años después, comenzaron a llegar los extranjeros, el censo apenas superaba el millar.
Se hicieron todos los esfuerzos posibles por reabrir las minas y dar un nuevo empuje a la zona. De hecho, vinieron varias compañías a evaluar las posibilidades que tenían aquellos yacimientos y, tras diversos estudios y prospecciones, todas ellas concluyeron que no eran rentables. Las razones expuestas fueron varias. Para entonces el plomo dejó de ser utilizado. Las tuberías de plomo fueron sustituidas por cobre, y el coste de extraer la plata era mucho más elevado que la ganancia final que podía obtenerse.
Por todo esto, hubo quien llegó a imaginar que la llegada los extranjeros atraería a un flujo de inversores en Galena y la comarca que reactivaría la economía de la zona. Aunque ya no se hablaba de las minas, había quien especulaba con la reutilización de los terrenos de las viejas fábricas para la construcción de un núcleo industrial que revitalizaría nuestra economía. Puede que resultara ingenuo, sin embargo, todos anhelábamos que sucediera algo así. Quizá para muchos no fuera más que una quimera, pero resultaba agradable creer en algo. No hubo de pasar mucho tiempo para que todas aquellas esperanzas se desvanecieron como el humo.

Gabriel, Miguel, Pablo, Andrés y Germán.

No recuerdo de quién de nosotros partió la idea de organizar una junta vecinal para tratar el asunto. En cuestión de cinco años, todos los solares y casas abandonadas de Galena fueron puestos a la venta y, en la mayoría de los casos, se construyeron o rehabilitaron viviendas. El hecho de que toda la superficie urbanizable se hubiese agotado en tan poco tiempo no hizo que la demanda menguara. Cada año llegaban nuevos extranjeros que deseaban asentarse en Galena o, en su mayor parte, construir una finca de recreo para pasar temporadas. Dado que ya no quedaban solares disponibles en el casco urbano, comenzaron a comprarse fincas rústicas que posteriormente serían reconvertidas, con el visto bueno de nuestro ayuntamiento, en suelo urbano. Ni siquiera nosotros podemos decir en nuestro descargo que no termináramos vendiendo nuestras fincas, justificando que nos producían más molestias que beneficios.
Volviendo lo que dijimos al principio, el objetivo de constituir la junta vecinal fue fundamentalmente lanzar una llamada de atención a los coterráneos. Parecía obvio que alguien tenía que poner orden y frenar la creciente especulación que estaba dando lugar, no ya sólo a la construcción ilícita y desordenada en terrenos fuera del área urbana, sino a un desplazamiento masivo de vecinos que, tras liquidar sus posesiones, habían comenzado a abandonar el municipio para irse a vivir a otros lugares.
A la primera reunión, que organizamos en el gimnasio municipal, acudieron unas cincuenta personas, entre las cuales no había ni una sola autoridad local ni, por supuesto, ningún extranjero. Cada uno expuso sus puntos de vista y finalmente llegamos al acuerdo de que redactaríamos un escrito, que enviaríamos tanto a nuestro Ayuntamiento como a la Comisión de Urbanismo de la Diputación Provincial, denunciando las irregularidades cometidas y advirtiendo del peligro de que Galena se convirtiese en un poblado fantasma. Tras redactar un borrador, convocamos la segunda junta, justo una semana después de la primera, con objeto de leer el texto y votar quiénes estaban a favor o en contra de él. Esta vez acudieron muchos más vecinos, entre ellos el alcalde y algunos concejales. Antes de que comenzásemos a leer nuestro escrito, el alcalde pidió la palabra y comenzó a largarnos un discurso que difícilmente podía haber salido de su discernimiento. Los cinco pensamos entonces que semejante perorata sólo podía ser obra de ellos, de los colonos, porque de otro modo no se entendía una defensa tan enérgica en la que se dio a entender que un grupo de exaltados habíamos tergiversado los hechos para engañar a la población. Añadió que las actuaciones que habíamos tachado de ilegales, no sólo estaban en toda regla (y nos invitó a todos los presentes a examinar los papeles que daban fe de su afirmación), sino que habían sido aplaudidas por la Diputación y el Gobierno regional y, de hecho, ya estaban reportando resultados muy beneficiosos para el pueblo.
El resultado fue prodigioso: todos los vecinos que creíamos convencidos, comenzaron a echarse atrás. De repente, a todos comenzaron a surgirles dudas y se preguntaban sobre si no habíamos ido demasiado lejos convocando al pueblo entero para un asunto que, a fin de cuentas, no parecía tan trascendente. Se nos acusó de haber exagerado un problema que no era tal. Atónitos, vimos como, uno tras otro, fuimos perdiendo todos los apoyos y cómo la gente comenzó a abandonar la pista del gimnasio para volverse a sus casas. Al final sólo quedamos seis hombres, entre ellos el alcalde, que se acercó a nosotros y tras chasquear la lengua nos dijo con un irritante retintín: “Ya lo veis. Todo este alboroto habría sido innecesario si hubierais venido a verme a mi despacho. Allí hubiéramos tratado el asunto con calma y todos habríamos ganado algo. Ahora no tenéis nada, nada ―subrayó―, y lo más que habéis conseguido es quedar en ridículo”. Y diciendo esto, sin darnos una oportunidad para replicarle, se dio media vuelta y se fue. Los demás nos quedamos mudos, mirando el borrador con una cólera encendida por las palabras del alcalde. Nos sentimos estúpidos, peor aún que estúpidos, fracasados. Hicimos trizas el documento y nos separamos sin hacer un solo comentario.

Francisco y Magdalena.

Sí, sí, aquello fue muy sonado. Nosotros no estuvimos en esa reunión porque nunca nos involucramos demasiado con los asuntos del pueblo, pero con todo lo que comentó la gente, creo que tenemos información suficiente para hacernos una idea de lo que sucedió. Verá, si hubo corrupción o no dentro del Ayuntamiento es algo que nunca se llegó a demostrar, entre otras cosas porque nunca fue necesario demostrar nada. Quiero decir, que el asunto no llegó a mayores, nunca hubo ninguna acusación, ni ningún juicio. ¿Lo que opinaban los vecinos? Bueno, ya sabe cómo son estas cosas: unos defendían al alcalde diciendo que era una buena persona; otros, que se trataba de un pobre hombre sin inteligencia, incapaz de ninguna corruptela; por último, los había que estaban convencidos de que toda la Corporación municipal había recibido algún tipo de prebendas. Lo cierto es que, si esto fue así, fueron bastante discretos. Lo digo porque no aparecieron de la noche a la mañana luciendo cochazos y cosas de ese estilo. Ya sabe cómo es la gente de pueblo cuando se junta con un poco de dinero: les gusta hacerse notar. Y ese, al menos que sepamos, no fue el caso.
Sin embargo, mucho tiempo después (para entonces nosotros también habíamos abandonado el pueblo), nos encontramos casualmente en una localidad de la costa con Andrés, el antiguo dueño del estanco. Casi inevitablemente, empezamos a hablar de Galena, a rememorar nuestras vidas allí, y con tantos recuerdos acaso nos pusimos algo sentimentales… Pero volviendo al asunto, lo que Andrés nos contó ese día fue que Manolo, el que fuera alcalde de Galena en aquellos días, se había comprado un chalé en la playa, y que tenía un cargo directivo en una empresa promotora. Nos dijo que casi no se le reconocía, de lo encopetado que iba, y que ahora hasta sus antiguos conocidos se dirigían a él como don Manuel. Nosotros le miramos, algo escépticos, porque ya se sabe que la gente siempre tiene tendencia a exagerarlo todo, y entonces oímos cómo Andrés se lamentaba de que en aquella famosa reunión nadie se hubiese dado cuenta de las artimañas con que Manolo ―o don Manuel― nos embaucó. Tratamos de confortar al pobre Andrés, que se veía algo apenado, le dijimos que todo aquello era ya agua pasada y que no tenía sentido anclarse en los recuerdos. Nos despedimos. No me acuerdo si quedamos en volvernos a ver algún día. Nunca lo hicimos.

Antonio y Manuel.

Allí, en Galena, nos solían tomar el pelo, y dado que éramos hermanos y nuestro apellido era Marchal, nos apodaban los Machado. Teníamos una pequeña tienda de comestibles, heredada de nuestro padre, y a mediados de los años ochenta, la ampliamos y la reformamos para convertirla en un supermercado de autoservicio, algo que ya tenían casi todos los pueblos grandes de la comarca y que nunca se había visto en el nuestro. El supermercado nos fue muy bien. A la gente del pueblo le gustaba eso de llevar una cesta donde iba echando su compra, en lugar de tener que esperar y pedírnosla a nosotros en un mostrador. Estábamos muy orgullosos. Pronto recuperamos nuestra inversión y, desde luego, nunca se nos pasó por la cabeza que algún día íbamos a terminar por vender el negocio a unos extranjeros. De hecho, pensábamos que, al igual que nuestro padre nos había dejado una modesta tienda, nuestro establecimiento acabaría pasando a manos de nuestros hijos. Pero los tiempos cambian, y nuestros hijos salieron a la ciudad para estudiar y, cuando finalizaron sus estudios, no deseaban hacerse cargo del supermercado. Querían trabajar en la ciudad. Dos hijos míos montaron un bufete y siguen trabajando juntos. Recuerdo que les regalé una de esas placas que se ven en las películas y que decía: “Marchal y Marchal. Abogados”. Por su parte, los hijos de mi hermano se casaron y hoy viven todos fuera de Galena. Uno de ellos es médico y tiene una clínica privada en la ciudad, y es el mayor orgullo de mi hermano. En fin, que, después de todo, nuestros hijos prosperaron y, claro, lo del supermercado comenzó a convertirse en un problema, porque nosotros ya estábamos muy mayores y llegaría un momento en el que tendríamos que cerrarlo. Así las cosas, la llegada de los extranjeros fue para nosotros afortunada, porque ya nos habíamos planteado poner anuncios para traspasar el negocio cuando, un buen día, entró un señor muy elegante en nuestra tienda que preguntó por nosotros. Nos dijo que venía en representación de un cliente, y nos preguntó si estábamos interesados en realizar un traspaso del negocio. Recuerdo que llevaba un portafolios de piel y, sin esperar nuestra respuesta, lo abrió y sacó unos papeles grapados y escritos a máquina que fue ojeando rápidamente. En uno de esos papeles se detuvo, y señaló un número con el dedo. “Aquí está”, nos dijo, y nos subrayó la cifra con su pluma. Nosotros nos miramos sin poder creer lo que estábamos viendo. Aquello era mucho más de lo que se nos habría ocurrido pedir. Aún así, actuamos con cautela y le dijimos que, antes de contestarle, teníamos que consultarlo entre nosotros y con mis hijos, que eran abogados, y entenderían esos documentos mejor que nosotros. Él esbozó una sonrisa con la que parecía dar a entender que daba su trabajo por concluido y nos dijo: “Por supuesto. Aquí les dejo toda la documentación y mi tarjeta. Llámenme cuando tengan una respuesta que darme”. Se fue. Nos miramos. No tardamos ni una semana en llamarlo.

Teresa y Patricio.

En su momento fueron muy criticados, pero también hay que reconocer que, desde que llegaron, el aspecto del pueblo mejoró mucho. No fue sólo por todas las casas que rehabilitaron, sino que, gracias a su influencia, se asfaltaron las calles principales, se mejoraron los caminos y veredas que conducían a las fincas, se restauraron las fuentes públicas, se encauzaron las acequias y las hijuelas, se renovó el tendido eléctrico y toda la red de saneamiento, e incluso se asfaltó la ruinosa carretera que conducía a nuestro pueblo. Todas estas mejoras de infraestructuras no fueron fruto de la casualidad, y aunque a la gente le cueste reconocerlo, se debieron principalmente a ellos. De acuerdo, el dinero para llevar a cabo todos esos arreglos salió de las administraciones públicas y no de sus bolsillos, y en buena parte se libró como una inversión para fomentar lo que vino a llamarse “el desarrollo de un turismo rural sostenible”. Puede que esa definición algo pomposa no significara otra cosa, al menos en lo que a Galena se refiere, que un brutal sentimiento de inferioridad y de vergüenza por que aquellos extranjeros del norte, cargados de dinero, vieran toda nuestra miseria y nuestro atraso. En cualquier caso, nosotros nunca llegamos a sentirnos tan molestos como otros vecinos por la llegada de los colonos, como los llamaban algo despectivamente. Por el contrario, pensamos que se vivía mejor en Galena desde que estaban ellos, de una forma más cómoda. Si finalmente nos marchamos (y fuimos de los últimos vecinos en dejar el pueblo) fue debido a problemas de salud. Los médicos nos recomendaron vivir en alguna localidad de la costa, donde el aire del mar nos resultaría más beneficioso. De vez en cuando echamos de menos el pueblo. Pero aunque nuestra salud nos lo permitiera, ya no tendría sentido para nosotros volver allí. Y eso es todo lo que podemos contar.

Luis y Ángela.

Es cierto, hubo muchas reformas en Galena en aquel periodo, pero no todos los cambios fueron buenos para los que vivíamos allí. Cuando los extranjeros abrían un comercio o un negocio, lo hacían adquiriendo previamente otro que pertenecía a alguien del lugar. Rara vez hacían esto entre ellos, es decir, comprarse los locales unos a otros. Nuestra percepción de entonces era que querían adueñarse del pueblo, y que querían echarnos de allí. Un ejemplo: compraron los cuatros bares de Galena, que eran un auténtico foro para muchos de nosotros, y los reconvirtieron en cafeterías y restaurantes. Ya no se trataba sólo de que aquellos bares multitudinarios se hubiesen convertido en lugares más o menos refinados a los que ellos solían acudir para tomarse una copa, sino que, además, en tres de ellos estaba prohibido fumar. No sé por qué casi todos los extranjeros le tenían tanto odio al tabaco. Y para nosotros resultaba inconcebible no poder fumar en un bar. Si no puedes encender un pitillo cuando tomas una cerveza, ¿cuándo lo vas a hacer? Otro caso era cuando entrabas a uno de sus comercios. Ninguno hablaba nuestro idioma. En el supermercado, por ejemplo, incluso llegaron a etiquetar los productos en un idioma incomprensible para nosotros. Había cosas que uno no sabía si comprar, porque no sabíamos qué nos estaban vendiendo. Los periódicos, que en Galena casi nadie leía, comenzaron a llegar en tres o cuatro idiomas diferentes. No es que a nosotros nos importara mucho, pero había gente que estaba acostumbrada a leer las noticias deportivas en el periódico que compraban los del bar. Con los nuevos dueños aquella costumbre se terminó. Seguían comprando el periódico, sí, pero a menos que uno estuviese versado en idiomas, lo único que podía hacer era limitarse a ver las fotos. En los pocos comercios de nuestra gente que iban quedando, se vieron forzados a poner carteles del tipo: “We speak english”, cuando todos sabíamos era mentira (y lo normal hubiera sido lo contrario). En cierto sentido, sucesos como estos nos hicieron pensar que el pueblo entero acabaría regentado en su totalidad por y para los colonos. Volviendo a lo que decía al principio, sí, es cierto que Galena ganó muchas cosas, pero, en lo que a nosotros respecta, y con esto termino ya, no nos hicieron llevar una vida más cómoda. Por eso nos fuimos.

Carmina y Felipe.

Efectivamente, la información es correcta. Nosotros fuimos de los pocos habitantes de Galena que jamás dimos nuestro brazo a torcer. Ni vendimos entonces, ni tenemos pensado hacerlo. Queremos morir en el pueblo que nos vio nacer. Nunca comprendimos bien por qué se organizó tanto alboroto por la llegada de los extranjeros. Mirándolo objetivamente, ellos no se metían con nadie. De hecho, se podría decir que su actitud fue, desde el principio, marcadamente opuesta al comportamiento usual de los que entonces habitaban Galena. En nuestro pueblo existían muchas rencillas, muchos rencores, resentimientos que venían arrastrados desde la guerra, e incluso antes, cuando se pasaba hambre de verdad, cuando las diferencias entre los que no tenían qué echarse a la boca y el resto estaban mucho más acentuadas que ahora. Aquellos viejos rencores no llegaron a desaparecer del todo, y aunque no supieran bien por qué lo hacían, lo cierto es que la gente se hacía daño la una a la otra, con ruindad, sin otro motivo que no fuera la pura envidia. Hubo un momento en el que nos planteamos abandonar el pueblo porque no soportábamos tanta mezquindad. Era como si hubiéramos tocado el fondo del vaso. La llegada de los extranjeros lo cambió todo.
Siempre les criticaron a ellos, a los colonos, diciendo que trataban de construir un pueblo a su imagen y semejanza. Y puede que fuera cierto. Pero esa nueva imagen trajo una restauración para Galena, y no sólo en su sentido más evidente, sino en un sentido, digamos, espiritual. Ellos no se metían en la vidas de los demás, ni permitían que nosotros nos metiéramos en sus vidas. Eran reservados, distantes. Y esa forma de guardar las distancias, si bien nos parecía chocante, era respetada. Todos respetábamos a los extranjeros. Jamás vimos a uno de ellos borracho, haciendo daño o destruyendo la propiedad ajena. Creemos que esto no era casual: su frialdad estaba calculada, era un rasgo de su carácter pero también un mecanismo de defensa. Pese a las críticas, nadie se metía con ellos, así que, a falta de otra cosa, los del pueblo se dedicaron a aniquilarse los unos a los otros.
Fue como un proceso de depuración. Ningún vecino soportaba ya a los demás y apenas si se podía soportar a sí mismo, porque cada acto suyo lo veían como el negativo, como el reflejo inmundo de los colonos. Quizá parezca exagerado lo que estamos diciendo, pero es nuestra opinión. Hoy seguimos aquí y le damos las gracias a los colonos por lo que han traído, por lo que se han llevado. Que Dios los bendiga.

 

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