La despedida

Cuando iba a jugar con Luci mi mamá siempre me preguntaba por qué me gustaba tanto jugar con esa niña, si era que yo no tenía más amigas. Yo sacudía la cabeza y me encogía de hombros, pero nunca le contestaba. Mi mamá no quería a Luci porque decía que era una niña distinta. Tampoco me quería a mí, porque decía que yo era mala. Pero no era cierto, yo no era mala; lo que pasaba era que odiaba a ese hombre que ahora vivía con ella y que mi mamá me obligaba a llamar papá pero que no lo era en realidad. Mi papá de verdad se había ido porque no aguantaba más, esto no me lo dijo nadie, pero yo lo oía cuando ellos dos discutían y entonces mi papá siempre terminaba diciendo: “Ya no aguanto más, ya no aguanto más”, y se encerraba en su habitación y no salía en varias horas, o se iba a la calle y no volvía hasta la mañana siguiente. A veces, cuando volvía, me traía algún regalo, y al dármelo siempre me acariciaba la cabeza, como hacía Toni con su perro. Toni es como se llama el tipo que vive con mi mamá desde que mi papá se marchó. Su perro era odioso, uno de esos ridículos perros peludos y enanos, que ladran sin parar. Una vez me mordió la mano, y lloré mucho, y mi mamá se enfadó con Toni y le dijo que le pusiera un bozal a su perro, pero él contesto que yo había tenido la culpa, y no se volvió a hablar del asunto. Una semana más tarde encontraron al perro muerto, y un veterinario le dijo a mi mamá y a Toni que posiblemente había ingerido algún alimento envenenado, y entonces Toni me miró con antipatía y le dijo a mi mamá que yo había asesinado a su perro. Mi mamá me defendió entonces y dijo: “No seas ridículo, ella es tan solo una niña. Sería incapaz de hacer algo así”. Él no parecía muy conforme, así que no me molestó más y, con el tiempo, se animó a comprar otro perro que resultó ser mucho más estúpido que el anterior, y un día también apareció muerto. Esta vez no protestó ante mi mamá, sino que entró directamente a mi habitación y comenzó a gritarme y a decirme cosas horribles. Yo permanecí todo el tiempo sentada en la cama, balanceando las piernas y mirando para el suelo en completo silencio. Entonces vino mi mamá y dijo que quería hablar a solas conmigo, así que Toni tuvo que salir y mi mamá cerró la puerta y a continuación me preguntó con esa voz tan dulce que ella sabía poner si yo le había echado veneno al perro de Toni. Yo no respondí y en vez de eso seguía mirando al suelo, y mi mamá comenzó a cambiar ese tono dulce de voz por otro más desagradable, así que yo comencé a asustarme y me sujeté las piernas con los brazos mientras me balanceaba con rapidez adelante y atrás, que era lo que hacía cuando me ponía muy nerviosa, porque a veces así lograba tranquilizarme. Mi mamá me sujetó para que no siguiera con el vaivén y me gritó: “¡Por el amor de Dios, Miriam, deja ya ese estúpido movimiento!”. Y entonces yo comencé a llorar y mamá me lo dijo: “Has sido mala y tú lo sabes. Espero que le pidas disculpas a Toni por lo que has hecho”. Y se dio la vuelta para marcharse, y cuando llegó a la puerta se detuvo y me dijo sin volverse para mirarme: “Deberías jugar con otras niñas en vez de pensar en maldades. Toni es muy bueno y le quiero mucho… Y lo creas o no, también te quiere a ti. Hazme caso y busca amigas con las que puedas jugar”. Fue lo último que dijo antes de abandonar la habitación. Me quedé sola, pensando. Era cierto que no tenía amigas, aunque me traía sin cuidado; después de todo, si no las tenía, no era por mi culpa, sino porque nadie quería ser amiga mía. Pero eso jamás se lo conté a mamá. Ni muchas otras cosas.

A Luci la conocí en el colegio. Llegó a mitad de curso; eso era algo que sucedía con cierta frecuencia casi todos los años: algunos niños se cambiaban de colegio porque sus padres habían cambiado de trabajo, o de casa, o las dos cosas a la vez, y a veces incluso venían desde alguna ciudad muy lejana, cuyo nombre a nadie le sonaba. Desde el principio, Luci llamó la atención. Muchos decían que era distinta. La profesora nos pidió, un día antes de que ella llegara a la clase, que fuéramos especialmente considerados con esa niña, porque había perdido a sus dos padres en un accidente de tráfico y ahora había tenido que dejar su casa y venirse a vivir con unos tíos a los que ni siquiera conocía o había visto muy poco. Todos pensaron pobrecita, cuánto debe de estar sufriendo, pero a mí me dio igual. Me importaba poco porque yo también había perdido a mi padre, aunque no hubiera sido en un accidente de tráfico, y mi madre me odiaba, así que era como si yo también hubiera perdido a los dos y por eso no debía de sentir pena. El primer día que llegó todos estuvimos bastante pendientes de ella. Algunas niñas se acercaron a su pupitre para presentarse e hicieron lo posible para tratar de ser un poco amables, sobre todo porque la historia de sus padres muertos las había puesto algo sensibles. A Luci no parecía importarle esa procesión de niñas curiosas que de repente querían hablar con ella. Algunas llegaron a preguntarle si se sentía triste por lo de sus padres, las muy idiotas. Pero ella no respondió, al menos no lo hizo de inmediato. Una de las niñas quiso salir en su defensa: “Por supuesto que está triste, imbéciles. ¿Qué clase de pregunta es esa? ¿Es que no tenéis sentimientos?”. Los niños de la clase comenzaron a reírse al oír aquella expresión, y alguno empezó a hacer una parodia en la que simulaba estar destrozado de tristeza por haberse quedado huérfano. Pero esa broma tan fea tampoco pareció afectar a Luci. Creo que fue entonces cuando la escuché hablar por primera vez. Luci tenía una forma de hablar muy peculiar; su voz sonaba como cuando se lee un libro en voz alta. Esto fue lo que dijo: “No estoy triste porque mis papás hayan muerto. No estoy contenta, pero tampoco estoy triste. Si hubiera sucedido de otra forma, a lo mejor ahora mismo me encontraría llorando, pero fui yo quien se despidió de ellos”. Sus palabras provocaron extrañeza entre todos nosotros, y algunas niñas le preguntaron qué había querido decir, pero Luci se limitó a repetir lo que ya había dicho. No le dimos más importancia.

Por entonces, yo no hablaba mucho con ella. Sin embargo, notaba como Luci intentaba buscar mi amistad. A veces, yo se lo permitía, y jugábamos juntas un rato. Uno de esos días, vimos pasar a Toni delante de la puerta del colegio. Estaba paseando a su nuevo perro y no se le había ocurrido otra cosa mejor que hacerlo delante de mis narices. El perro me reconoció y me ladró a distancia. Luci me lo señaló con el dedo y yo le dije que ya lo había visto. Ella me pidió que nos acercáramos a saludarlo. Quería verlo más de cerca. “Es un chucho estúpido y no pienso acercarme”, le respondí. “Además, lo conozco bien. Es el perro de Toni”. Luci me miró con interés: “¿Toni es tu padrastro?”. Yo la miré con asombro: “Algo así. ¿Cómo lo sabías?”. Ella sonrió y me cogió de la mano. “Ven, vamos a saludar a tu perro”. “No es mi perro”, aclaré. “De acuerdo. Entonces iré yo sola”, insistió. Y comenzó a caminar hasta la verja del patio. La seguí. Recuerdo que me encontraba furiosa, muy furiosa. Luci había conseguido que hiciera lo que no quería, es decir, hablar con Toni. Él estaba esperando en la verja, sonriendo estúpidamente. Cuando nos acercamos, señaló a Luci y me preguntó: “¿Es esta tu amiga? ¿Cómo se llama?”. “Me llamo Luci”, respondió ella en mi lugar. “¿Te gustan los perros?”, preguntó Toni, y casi a continuación volvió a preguntar: “¿Quieres acariciar a este?”, y al ver que Luci dudaba añadió: “No te preocupes, no muerde”. Yo no pude resistirlo más y dije: “Mientes, tus perros sí que muerden”. “Eso es sólo a ti”, respondió de mal humor Toni, “Y seguro que es porque no los tratas bien”, agregó. Luci estuvo un rato jugando con el perro. De repente se puso muy seria y le dijo a Toni: “Perdone, señor. ¿Puedo despedirme de su perro?”. Noté que Toni se había extrañado, igual que yo, más que por la pregunta, por la forma en que la hizo. “Por supuesto que puedes hacerlo, nenita” dijo con esa odiosa sonrisa paternal que tanto detesto. Entonces Luci cambió su expresión sonriente y cruzó las manos por detrás de la espalda y dijo de una forma tan seria que casi daba risa: “Adiós, perrito, me ha gustado mucho jugar contigo”. Y a continuación, se dio la vuelta sin más. Toni le gritó: “Ven un día a casa con Miriam y te dejaré jugar de nuevo con el perro”. Luci no contestó, ni siquiera lo miró y siguió su camino como si no hubiera oído nada. “Se nota que os lleváis bien. Es tan rara como tú”, me soltó entonces Toni con una risita. A partir de ese día, Luci vino con bastante frecuencia a mi casa. Pero no a jugar con el perrito. De hecho, el perro se murió al día siguiente de haber tenido aquella conversación.

Con el tiempo, Luci y yo nos hicimos muy amigas. En la clase, comenzaron a bromear a nuestra costa y nos llamaban las siamesas, porque siempre íbamos juntas a todas partes. Luci fue la única persona a la que le conté cosas de mi papá, de los regalos que me hacía, de cuánto lo echaba de menos. También le hablaba de mamá y de Toni, y Luci sabía que los odiaba, sobre todo a Toni, y un poco también a mamá porque ella nunca me hacía caso y sólo quería estar con Toni, y decía que yo era una niña insensata, impertinente y hasta malvada, que era incapaz de querer a nadie. Pero no era cierto. Yo quería mucho a mi papá, aunque ya no estuviera en casa ni nunca llamara por teléfono, y también quería a Luci, y le contaba mis preocupaciones cuando estaba agobiada, y la buscaba siempre que estaba triste y sentía que un nudo me apretaba la garganta y quería llorar. Y ella, cosa extraña, no me consolaba, nunca me decía nada, tan sólo me escuchaba, y eso para mí era suficiente porque yo sabía que ella me escuchaba de verdad y que en cierto modo se preocupaba por mí, y entonces yo ya me sentía más tranquila y me serenaba y se me pasaban las ganas de llorar. Un día fui a su casa y sus tíos me dijeron que pasase a buscarla, que estaba en su dormitorio, y me la encontré sentada sobre la cama, con las piernas abrazadas y la cabeza sobre las rodillas, y en seguida supe que le pasaba algo porque esa misma postura era la que yo adoptaba cuando estaba triste o preocupada o cuando discutía con mamá, así que me acerqué y puse una mano sobre su hombro. Ella me miró con la boca entreabierta, un poco como si estuviera perpleja o confundida, y con voz algo angustiada me dijo: “Anoche tuve que despedirme de alguien”. Yo no entendí qué quería decir y entonces me contó que el día anterior habían venido a verla unas personas, amigos de sus padres, que se encontraban de viaje y habían decidido visitarla. “¿Y estás triste porque no deseabas que se fueran?”. Ella negó con la cabeza, pero no me contestó. Al cabo de un rato dijo: “Es sólo que a veces no puedo evitar despedirme. Ahora ya debe de dar igual”, y volvió a callarse. Yo dije: “Bajemos a la playa. Podríamos correr por la arena”. Bajamos. Hacía un día muy bueno y el mar no tenía olas. Nos quitamos los zapatos e hicimos carreras por la línea del rompeolas, hasta que nos cansamos y entonces Luci dijo: “Sentémonos un poco. Me va a explotar el corazón”. Y nos sentamos. Luci no dejaba de mirar el mar y cuando yo le preguntaba: “¿Qué miras con tanto interés?”, ella se limitaba a responder: “La línea del horizonte”. Nos reímos. Me levanté de un salto y corrimos de vuelta hasta donde nos habíamos quitado los zapatos. Entonces le pregunté: “¿Se te ha pasado ya lo de tus amigos?”. Ella me miró como si no me entendiera, pero yo sabía que me había comprendido perfectamente. “No debes preocuparte”, me dijo al fin. “Al final siempre se me pasa”.

Un día en la clase los niños comenzaron a meterse con nosotras y estuvieron todo el día insoportables, y durante el recreo uno me puso la zancadilla y me caí y me hice sangre en el codo. Tuvieron ponerme agua oxigenada y una gasa pero aun así me dolía mucho y lloraba sin parar, y la profesora me repetía sin cesar que dejase de llorar, que me portase como una persona mayor, y yo le respondía que me portaría como una persona mayor si de verdad lo fuera. El niño que me puso la zancadilla me esperó en el patio mientras me curaban la herida y al verme salir me dijo: “Como se te ocurra chivarte, te acuerdas de mí”. Luci lo oyó y entonces le dijo: “Pues seré yo quien le diga a la profesora lo que has hecho”. El niño se rió con ganas y contestó: “Cómo no. Ya ha salido la hermana siamesa. Pues que sepáis las dos que como me pongan un castigo por vuestra culpa, os vais a arrepentir”. “No”, dijo Luci. “¿No qué?”, replicó el niño con chulería. “Nada. Si sigues así, me vas a obligar a tener que despedirme de ti”. “¡Uy, qué miedo! Pues despídete entonces. Deja, lo haré yo primero: hasta mañana, so boba”. Entonces lo hizo: Luci se puso muy seria y cruzó las manos por la espalda y se despidió de ese niño, que no dejaba de reírse y que terminó por marcharse, todavía entre carcajadas, sin hacerle ningún caso. Vi a Luci con lágrimas en los ojos, y pensé que debía de ser porque se sentía humillada. Le dije: “Vamos Luci, no te lo tomes así. Sabes perfectamente que si le castigan, vendrá y nos pegará”. Ella se volvió hacia mí con un gesto que me pareció de enfado me dijo: “No has entendido nada”. “No hay nada que entender”, insistí yo, “ahora él se ha marchado y nos ha dejado en paz”. “Sí, así es”, asintió ella y tras una pausa añadió: “No he debido hacerlo”. Esa tarde no quedamos para jugar porque Luci me dijo que tenía que hacer algunos recados con sus tíos. Yo sabía que Luci me estaba mintiendo, porque cuando mentía le cambiaba la voz, pero no me importó. Imaginé que quería estar sola, porque yo, a veces, cuando estoy de cierto humor, también prefiero estar sola, así que no le quise insistir en lo de vernos y le dije: “Hasta mañana entonces”.

Al día siguiente aquel niño no vino a molestarnos, ni lo haría nunca más, por la sencilla razón de que aquel niño había muerto la misma tarde anterior. Nos lo anunció la profesora, nada más comenzar la clase, y nos informó que aquella misma tarde iban a dar una misa por el alma de nuestro compañero, y que sería un detalle para la familia que todos nosotros asistiéramos. A casi todos los niños de la clase les cambió la expresión del rostro cuando recibieron la noticia. La mayoría de sus caras reflejaban sorpresa, desconcierto, asombro. Luci estaba sentada junto a mí, pero en ese momento, no me atreví a mirarla. Mi cabeza daba vueltas y más vueltas, como un tiovivo. Comencé a sudar y noté un extraño mareo que me subía desde el estómago hasta la cabeza. Creo que fue entonces cuando me desmayé. Cuando entreabrí los ojos, estaba tumbada en el suelo, con los pies en alto, apoyados en una cartera. Oí la voz de mi profesora y también la de otro adulto, que se encontraba a su lado, y que resultó ser otro profesor al que habían llamado para auxiliarme. Oí que mi profesora le decía: “La pobre, se ha debido de impresionar con la noticia”. Abrí los ojos del todo y me sentí bastante confusa. Tenía un corro de gente a mi alrededor, y eso me hizo sentir avergonzada. Creo que Luci no estaba entre esas personas, o así me lo pareció. Me llevaron a la sala de profesores, me sentaron en un sofá y al cabo de un rato me trajeron una bebida caliente y me dijeron que tenía que tomármela entera. Me la bebí con desagrado, pero no la rechacé. Miré a mi alrededor y me sentí rara por estar en la sala de profesores y sentada en un sofá en vez de encontrarme en mi clase, sentada en mi propio pupitre. La profesora se acercó a mí y me preguntó si quería que llamara a mis padres. Estuve a punto de decirle que yo no tenía padres, pero me mordí la lengua, porque pensé que decir eso hubiera sido un error, porque sin duda daría lugar a toda clase de comentarios y preguntas que no deseaba responder, y posiblemente después hubieran llamado a mi madre, o a Toni, para preguntarles si teníamos problemas familiares, y estos a su vez me habrían pedido explicaciones en casa y yo no estaba dispuesta a soportar algo semejante. Así que les dije que no, que mejor no llamaran a mis padres, que no quería preocuparles y que de hecho ya me sentía bastante mejor, y quería volver a la clase. “Buena chica”, me dijo la profesora, y me acarició la cabeza, con suavidad, como se acaricia a un gato, y entonces me acordé de mi padre y pensé que ojalá estuviese él aquí conmigo.

Esa tarde me quedé en mi habitación y no fui al funeral. Mi mamá vino a verme a media tarde. “Luci ha venido a buscarte. Le he dicho que te encontrabas mal. Me ha pedido que te diga que quiere hablar contigo”. “¿Ha venido hace mucho?”, le pregunté. “Hace tan sólo un minuto”. Me levanté y salí corriendo en su busca. Mi madre me voceó desde la puerta: “No comprendo qué le has visto a esa niña, pero no me gusta. Deberías tratar de fomentar otras amistades”. Decidí no hacer caso de su observación, levanté la mano como diciendo adiós y seguí corriendo. Me imaginaba que ese comentario acerca de mis amistades era lo que debía de pensar Toni, y mamá a menudo cambiaba su opinión si descubría que Toni no pensaba como ella y eso hacía que mi mamá cada vez se pareciera menos a como ella era antes, me refiero a antes de que papá se marchara y de que ella conociese a Toni. Alcancé a Luci antes de llegar a su casa. “Tenemos que hablar”, me dijo en cuanto me vio. “Vamos a la playa”, propuse yo, “allí no nos molestará nadie”. Fuimos por el paseo marítimo y caminamos un buen rato en completo silencio. Finalmente nos adentramos en la playa y nos sentamos en la arena, como tantas otras veces, escuchando el murmullo del mar y mirando hacia el horizonte. Yo le dije: “Quiero saber cómo lo haces”. Ella me miró como asustada y la noté muy nerviosa cuando me dijo: “No sé de qué me hablas”. Me molestó su mentira, así que cogí un puñado de arena y se lo tiré a la cara. “¡Mentirosa! ¡Hemos venido hasta aquí para hablar de eso! ¡Lo sabes, sabes de sobra de qué te estoy hablando!”. Ella titubeaba como nunca lo había hecho: “Pero no hay nada que… Yo… Yo sólo…”. Me levanté y adopté el mismo ademán que ella, tal y como se lo había visto hacer, con la cara muy seria y las manos cruzadas por la espalda y entonces le interrogué: “¿Es así, no es cierto?”. Ella negaba con la cabeza, estaba nerviosa y le costaba trabajo hablar. “Tú no puedes hacerlo”, me dijo entonces. Pero esa respuesta no me servía, así que no la dejé en paz, e insistí: “Pero puedes enseñarme, ¿a que sí? Quiero aprender a hacerlo”. “Eso no se puede aprender. Tú no lo entiendes”. “Está bien, supongamos que dices la verdad y no puede aprenderse…”, comencé a decir. “Pero es que no se puede…”, interrumpió Luci. “…pues en ese caso, tendré que pedírtelo a ti”, concluí. Ella me miró aterrorizada. “Pedirme, ¿el qué?”. “Ya lo sabes. Que te despidas de alguien. Despídete de Toni”. “Pero, ¿por qué? Después de todo, él y tu madre cuidan de ti”. Yo di varias patadas en el suelo, furiosa, haciendo saltar la arena. Entonces exclamé: “Si él no está, mi papá volverá, estoy segura”. Luci negó con la cabeza. Entonces dijo con una calma que me irritó: “Tu papá no volverá nunca”. “¿Y tú que sabes?”, chillé. “Sencillamente lo sé”, me dijo ella como si me hablara desde otro lugar, sin querer darme más explicaciones. Sus palabras me hicieron mucho daño y grité a la desesperada: “¡Mentira, tú no sabes nada!”. Entonces salí corriendo y oí a Luci que me llamaba desde lejos pero yo ya no me volví a mirar y seguí corriendo hasta mi casa; me encerré en mi dormitorio y me tiré sobre la cama, llorando desconsoladamente, repitiéndome a mí misma que Luci no sabía, que no podía saber, que mi papá volvería algún día, que nosotros volveríamos a ser una familia.

Yo me había propuesto no hablar más con ella pero apenas pasaron dos días y ya se me había olvidado el enfado. Llevaba dos noches durmiendo mal, daba muchas vueltas en la cama y en mis sueños sólo podía ver a Luci, y no conseguí dormirme hasta que no logré borrar esa imagen de mis sueños. Cuando sucedió, me refiero a lo de dejar de soñar con ella, me sentí más tranquila y cuando llegué al colegio volví a juntarme con ella para jugar y todo eso. A ella no pareció extrañarle mi cambio de actitud, es más, pienso que lo daba por hecho, como si hubiera estado esperándolo. No sé decir si eso me sentó mal o no, de cualquier forma no quise pensar más en ello y me dije a mí misma que sería una pena acabar peleándome con la única persona que había podido comprenderme en mucho tiempo. Así que volvimos a ser amigas, y yo no volví a insistirle en aquello que le pedí la tarde de nuestra pelea en la playa y ella por su parte hizo como que nunca se lo había pedido. Sin embargo, algún tiempo después, no recuerdo cuánto fue, si dos semanas o a lo mejor tres, fue Luci quien me quiso hablar nuevamente de aquello. Yo al principio no la entendí, y ella pensó que me estaba haciendo la tonta, pero no era así, porque lo que sucedía es que yo prefería olvidar ese asunto y seguir siendo su amiga. Pero fue ella la que me lo dijo, lo juro que fue ella. Un día sin venir a cuento, se acercó a mí y me preguntó: “¿Aún deseas que me despida de tu padrastro?”. A veces ella lo llamaba con ese apelativo en vez de referirse a él por su nombre, y a mí no me importaba, al contrario, casi me hacía gracia, porque me recordaba a las películas de Cenicienta y de Blancanieves y todo eso. En cuanto a la pregunta, me dejó bastante sorprendida, porque no entendía a qué venía, así que se lo dije, que no sabía por qué me sacaba ahora esa conversación a relucir y ella se limitó a repetir la misma pregunta una y otra vez: “¿Aún lo quieres o no?”. Yo miré hacia el suelo y respondí tan bajo que no me oí a mí misma decir: “Por supuesto que quiero, ¿Cómo no iba a quererlo?”. Y ella me obligó a repetirlo, porque me dijo: “No te he oído, habla más claro”. Dijo más claro y no más fuerte, lo recuerdo bien, así que la miré directamente a los ojos y se lo dije sin titubear: “Oh, sí, sí que quiero”, y al decírselo noté como una sensación extraña me recorría todo el cuerpo y me subía por la garganta y terminé estallando en una gran carcajada, mientras repetía una y otra vez: “¡Sí quiero, sí quiero, sí quiero!”.

Aquel fin de semana le pedí a mi mamá que si podíamos invitar a Luci a venir a la playa con nosotros. Iba a hacer bueno y en días así a Toni le gustaba preparar sardinas asadas en la playa, lo que él definía con el ridículo nombre de picnic, un día de picnic. Mi mamá me dijo que estaba bien, pero con la condición de que no molestásemos demasiado. Yo me sonreí y respondí que le daba mi palabra de que no lo haríamos. Luci llegó a eso de la once de la mañana, con una bolsa de playa en la que llevaba su bañador, una toalla grande y un bote de protección solar que le habían comprado sus tíos. Yo estaba muy nerviosa porque aquel tenía que ser el día. La ocasión no podía ser más propicia y yo me moría de ganas por ver cómo sucedía todo. Ese día quise estar todo el tiempo muy cerca de Luci y al principio noté que esto la perturbaba un poco, como si no estuviese del todo cómoda estando a mi lado. Se lo comenté y ella me miró sin articular una palabra, tan sólo se encogió de hombros, y al final me dijo: “Si estás todo el día pegada a mí, no podré acercarme a Toni”. Yo comprendí que tenía razón, así que la dejé un poco más suelta. Entonces me preguntó dónde se podía cambiar el bañador, y le indiqué que lo hiciera en el baño. En ese momento Toni pasó a nuestro lado y yo le hice una seña a Luci. Ella me miró y asintió con la cabeza. Vi cómo seguía a Toni, que también se dirigía en dirección al cuarto de baño, porque necesitaba un peine para llevárselo a la playa. Me alejé unos pasos y me escondí detrás de un mueble. Desde allí observé a mi amiga de espaldas hablando algo con Toni y pensé cruzando los dedos: “Se lo va a decir, se lo va a decir”. Estuvieron un momento así y al cabo de un rato vi a Toni dirigirse en dirección contraria, hacia donde yo estaba. Pasó junto a mí, con un cepillo del pelo en la mano; yo permanecía escondida tras el mueble, pero no me vio. Me fijé en su cara pero no noté nada especial. Si Luci se lo había dicho, a Toni le había traído sin cuidado. Pero lo más probable era que todavía no le hubiera dicho nada, consideré entonces. Parecería ridículo por parte de Luci despedirse de alguien cuando no había hecho sino llegar. Lo más lógico era que esperara a la caída de la tarde, cuando ya tuviera que volver a casa de sus tíos. Hasta entonces, me tocaría esperar impaciente. Mientras, en la cocina, mi mamá terminaba de preparar las bolsas con la comida y los refrescos. Luci salió con el bañador puesto y yo me cambié rápidamente a continuación de ella. Metimos todas las bolsas y la fresquera y también una sombrilla grande en el maletero del coche y salimos en dirección a la playa. Cuando llegamos aún había poca gente a pesar del día tan espléndido que hacía. Luci extendió su toalla, que era gigantesca, así que nos sentamos las dos en la misma y decidimos usar la mía para secarnos por si nos bañábamos. Estaba próxima la hora de comer y mi mamá nos llamó a Luci y a mí y nos dijo que en cinco minutos Toni comenzaría a preparar la barbacoa y nosotras le contestamos que de acuerdo, y entonces Luci me dijo: “Lo que no termino de entender es por qué lo quieres hacer”. Pero yo estaba muy contenta y no quería estropearlo y se lo dije: “Luci, no lo estropees ahora, no sabes cuánto estoy disfrutando”. Y noté que al decir esto ella me miraba como si se hubiera puesto muy triste y entonces me dijo: “Vamos a darnos un baño antes de comer”, pero yo negué con la cabeza y dije: “No, ve tú, mi mamá me está llamando para que vaya a ayudarla”. Así que Luci se metió en el agua y yo fui con mi mamá y con Toni y me puse a ensartar las sardinas en unos palos afilados que Toni había comprado y entonces él le dijo a mi mamá: “Al menos hoy se esta portando bien”. Y yo supe que se refería a mí, pero no me importó porque lo que él no sabía era que yo estaba pensando que ese día Luci se despediría de él, y yo ya no tendría que soportarlo ni un día más, y mi papá entonces a lo mejor volvía, y todo eso pasaba por mi cabeza muy deprisa y seguido, y entonces no me di cuenta y me clavé en la mano uno de esos palos afilados y me hice sangre. Toni me vio y exclamó: “¡Dios, no podía ser un día normal!”. Y dejó lo que estaba haciendo y buscó en una bolsa y sacó un botiquín y comenzó a ponerme una venda para que me parase la hemorragia. Y mientras lo hacía, murmuraba por lo bajo: “Son tal para cuál”. Mi mamá le preguntó que estaba susurrando y el contestó: “Nada”. Pero mi mamá insistió y entonces él volvió a decir eso de que mis amistades eran muy raras. Yo protesté y dije que Luci no era rara. “¿Qué no? ¡Ja! ¿A que no sabéis lo que me ha dicho hoy?”. Mi corazón dio un vuelco y lo noté agitadísimo, latiendo como un tambor: bum bum bum, y le pregunté con excitación: “¿Qué te dijo?”. Toni agitó la cabeza y entonces nos dijo: “Esta mañana, cuando iba a cambiarse el vestido para ponerse el bañador, me preguntó si en el baño teníamos algún espejo de cuerpo entero”. Mi mamá dijo entonces: “No te extrañes por eso, hombre. Ya sabes que las mujeres somos unas presumidas, y nos gusta vernos”. Toni entonces intervino de nuevo: “Si, tal vez tengáis razón. El caso es que le dije que un espejo de esos sólo lo teníamos en nuestro dormitorio, en la puerta de un armario, y entonces ella me pidió que por favor la dejara cambiarse allí, delante de ese espejo. Como es nuestra invitada no quise contradecirla, así que la llevé hasta el dormitorio y le abrí la puerta del armario. La dejé sola, pero entonces, por algún motivo, no pude evitarlo y volví sobre mis pasos hasta la misma puerta”. “¿Por qué? ¿Ahora espías a las niñitas?”, dijo mi mamá fingiendo sentirse ofendida. Toni negó con la cabeza y continuó: “Para escuchar. Me pareció que estaba hablando, así que me volví despacio, para que no me oyera”. “¿Por qué hiciste eso?”, pregunté yo enfadada, “¿por qué no la dejaste que se vistiera en paz?”. Toni suspiró: “Esa niña no es normal, Miriam. Debería visitar a un psicólogo. Habla sola”. “Mucha gente habla sola”, dijo mi mamá en defensa de mi amiga. “Tal vez”, dijo Toni de nuevo, “pero ninguna lo hace para ponerse a llorar mientras le dice adiós a un espejo”. “¡Luci!”, grité entonces sobresaltada, y me volví a buscarla y corrí hasta la toalla, mi corazón hacía bum bum cada vez más fuerte; detrás de mí podía oír a mi mamá que me gritaba: “¿Qué sucede?”, pero yo no respondí. Vi su bolsa y sus chanclas junto a la toalla, y recordé que había ido a bañarse. Toni y mi mamá vinieron detrás de mí. “¿Dónde está Luci?”, preguntó mi mamá, “por Dios, Miriam, ¿dónde está Luci?”. Los tres miramos entonces en dirección al mar. No vimos ningún bañista. Tan sólo la línea del horizonte.

 

 

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